
Por favor, no sigan diciendo que saquen a la Selección Colombia de la política. ¡Sean serios! Acuérdense de Mussolini amenazando de muerte a don Vittorio Pozzo, el técnico azzurri, si su Italia fascista no ganaba el Mundial del 34, y después, Francia 38. Busquen las historias de Menotti contando cómo trataba de esquivar las órdenes del almirante Massera, en la Argentina de Videla, sobre la alineación del equipo en el 78. Léanse la horrible historia de lo que le pasó a la familia de Caszely por negarse a darle la mano a Pinochet. Busquen los textos que relatan los motivos de Putin para organizar Rusia 2018 (spoiler, ni siquiera le gusta el fútbol). Recuerden que Rusia no está en este mundial por cuenta de la política de guerra de su dictador. No olviden que los emires de Catar compraron a la FIFA (tal vez, la multinacional más poderosa del mundo, después de la Iglesia católica) para organizar allá su Mundial. No, no digan eso de que están politizando a la Selección. Al menos, no lo digan sobrios.
El año pasado, la BBC (British Broadcasting Corporation) de Londres despidió a Lineker por una serie de publicaciones “políticas” en contravía de la —teórica— declarada posición neutral de la cadena. A Lineker, goleador de México 86. Hay un poco de jugadores argentinos que publican fotos en favor de Cristina Kirchner. Álvaro Uribe da vueltas sobre su caballo alrededor de Yerri Mina. A los tres se les ve felices.
No repitan esas frases manidas como “es que la Selección es lo único que nos une”, que eso no es cierto; no le hagan juego al coach de Instagram que arenga a sus seguidores a evitar que se “apropien” del equipo: ese equipo es de todos menos de nosotros. De lo que somos dueños es del fútbol, que es bien diferente.
Ya no sigan con eso de la camiseta amarilla para identificar a los votantes de la derecha, porque, y entonces, ¿qué se va a poner el otro medio país para ver los partidos de la Selección? ¿No se dan cuenta que estamos a nada de atacarnos en las calles y en los centros comerciales y seguramente también en las casas por usar una simple prenda de vestir de un color específico? ¿No se dan cuenta que estamos al borde de la guerra en las reuniones familiares, en los chats de los amigos, en las oficinas, en los taxis, en los restaurantes, en los cumpleaños, en todo lado donde haya más de dos personas, por cuenta de una rivalidad política que no nos inventamos?
Y, los que quieren votar en blanco, ¿les toca ponerse una camiseta de ese color? Y, los que no quieren votar, ¿entonces deben andar torsidesnudos? Y, si me pongo la azul de Millonarios, ¿eso me identifica con el Partido Conservador? Y, la verde, ¿con el Atlético Nacional o con el Partido Verde? Estamos pasados de ridículos.
Si gana Cepeda y me pongo la amarilla de Colombia, ¿será una afrenta a ese Gobierno? ¿Si gana Abelardo y uso esa camiseta, ¿me toca destripar a los de izquierda? ¿En serio? ¿Ya estamos en ese nivel de locura y de intolerancia? No más, por favor, que la tragedia nos ronda.
Dejen que las personas voten por el que quiera, como quieran, o que no voten. Vote por el que quiera, créale a sus razones, a sus necesidades, a su corazón. Pero, entienda que quien piensa diferente también tiene razones, necesidades y corazón. No destripe a nadie, no insulte a nadie, no se crea dueño de la verdad revelada, no sea moralmente superior, no aporte a este clima de intolerancia que se cierne sobre nuestro difícil país especializado en violencias de todo tipo, con máster en violencia política, certificado por todos los muertos de todas nuestras guerras. No provoque. No se deje provocar. Sólo es una camiseta. Bájele dos rayitas, dicen en la popular.
Yo no voy con eso de que hay que rodear a la Selección. Esa es frase de mercadeo. Por fortuna, el éxito o el fracaso de nuestro equipo no depende de lo que se diga en redes, o se comente en las calles. Esos tipos son realmente profesionales. Si ganan, será por virtud de ellos. Si pierden, su responsabilidad.
La cara larga de la mayoría de los jugadores en la despedida que les hizo el presidente de la República sólo refleja lo niños caprichosos que son, como cuando el papá los obliga a hacer algo que no quieren, y entonces van de mala gana, buscando mostrar su descontento, hasta que les dan un helado y se les pasa.
Ese día faltó un capitán que se parara en la raya, que se negara a ir, o que —ante la obligación— se mostrara cortés, amable, no lambón, sencillamente cortés y amable, porque los capitanes también lo son fuera de la cancha y más allá del camerino. Los capitanes inspiran, lideran, marcan el camino. Faltó un capitán en la despedida presidencial.
Tengo toda la fe puesta en que, en el Mundial, no será así.
@JaimeHonorio
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