MI VOTO POR MATAMOROS

Puse todos los huevos en la canasta del general Matamoros, el hombre por el que voté, y el resultado no pudo ser más triste: los matamoristas obtuvimos apenas 5627 votos. A duras penas nos alcanzará para llevar al general a la presidencia de la junta de copropietarios de su edificio. Y eso si conseguimos los votos del candidato que quedó penúltimo, el doctor Roy Barreras. El general me encargó a mí de las labores de acercamiento con su campaña. La idea es que Roy nos traslade todos sus votantes, aun en su carro, porque fueron poco menos de cinco.
El general también me autorizó a tomarme un café con las campañas de los dos punteros, siempre y cuando lo paguen ellas porque la nuestra quedó sin un solo peso. La idea es que, en esta temporada de alianzas, endosemos el apoyo del general, no de manera gratuita, claro que no, sino a cambio de que incorporen alguna de nuestras propuestas de campaña. No sabemos de cuál. El general mismo no recuerda cuáles fueron, o dónde las dejó.
Esperamos que las encuentre pronto para tomar la mejor decisión, porque los otros protagonistas de estas elecciones ya están cotizando sus votos de primera vuelta. Leonardo Huerta adhirió a Abelardo, todo él. En singular. Porque representa un votico, el suyo. Sergio Fajardo dejó en libertad a sus electores y cerró esta campaña como un ganador: obtuvo un millón de votos más de lo que todos suponíamos, y se llevó para la casa las dos docenas de escobas que compró su campaña, que nunca sobran. Claudia López se debate entre apoyar al candidato therian, que es ligeramente homofóbico, o al petrismo, el movimiento que lleva cuatro años triturándole la honra. Si nos unimos a ella, sería un gana-gana: juntas, la campaña de Matamoros y la de Claudia completan el dígito que ninguna de las dos logró obtener por separado, y podríamos ser más fuertes en cualquier negociación.
Paloma aterrizó en la campaña de Abelardo con sus mejores propuestas; es decir, diez lavadoras que pensaba regalar en su gobierno y un tanque lleno de vinagre para asperjar sobre el Catatumbo. La hija putativa de Uribe ofreció también ir a la costa a quemar recibos de energía, como lo hizo durante la última semana, cuando ya se le habían ido las luces. Qué paradoja.
Peñalosa, Luna y Pinzón se sumaron a la campaña del Tigre, y lo mismo —ay— el presidente Berto, que desde la noche misma de la elección no ha parado de trabajar para ellos: le robó protagonismo a Cepeda, hizo con el resultado lo mismo que por poco hace con su hijo Nicolás —es decir, no reconocerlo—; y logró el milagro de que la opinión pública considere a Abelardo, el hombre que quiere sacar a Colombia de la ONU, como la opción institucional. Pero así es Berto. Luego apareció en horario triple A vestido con un blazer de botones de plata semejante al que usaba Juan Gabriel en sus últimos conciertos, pero en lugar de cantar Querida, cantó fraude, sin pruebas, y ayudó todavía más a la campaña del tigre lobo. Sus enemigos, incluso, especularon con que no entregaría el poder: ¿podría Berto entregar, si no el poder, al menos su ropero?
El hecho es que el mismo día de las elecciones, Abelardo recibió otra adhesión, quizás la más importante de la jornada: la del candidato Cepeda. El tenor del Caribe logró enganchar al hijo de la cortina de hierro como estratega que, para ayudarles, esa misma noche no reconoció el triunfo de su rival; al día siguiente admitió que no había irregularidades, pero pidió a Abelardo no vestirse con la camiseta de la selección. Para mayores delirios, una jueza —al parecer abelardista ella también— le prohibió a Abelardo vestir la camiseta de la selección, para que terminara de apropiarse de ella: ¿es de verdad? ¿Existe acaso el porte ilegal de camiseta? ¿Por qué, ya puestas en esas, la jueza no le prohíbe, mejor, el uso de pantalones entubados color morado, o blazer naranja, o sombreros de copa? ¿Por qué no le ordena la jueza, al menos, que use medias?
El jueves Iván procuró tender puentes con el centro y retiró la idea de hacer una asamblea constituyente. Le trasladaré esa información al general. Es una concesión importante que debe tener en cuenta para sus consideraciones. Le sugeriré, a modo personal, que no adhiera, a menos que Cepeda lo firme en mármol. Es mejor ser desconfiados y precavidos.
La responsabilidad de expandir el matamorismo hacia las regiones de cara al 2030 nos obliga a sopesar sin afanes los siguientes pasos, si no del movimiento, al menos del mismo general, para lo cual buscamos bastones. Máxime ahora, cuando resulta evidente que se vienen días difíciles para el país. Esta semana hubo connato de pelea. Unos jóvenes cepedistas dijeron que, pasando por una sede de Abelardo, alguien les apuntó con una pistola; unos jóvenes abelardistas, por su lado, dijeron que unos jóvenes cepedistas vandalizaron su sede de Teusaquillo. Sorprende cualquier salida violenta cuando sus líderes han promovido con insistencia el respeto por el contrario. En su amable discurso de victoria, Abelardo llamó a Petro “drogadicto, delincuente y miserable”. Cepeda, por su parte, improvisó una pequeña biografía de Abelardo en la que generosamente lo llamaba “estafador de estafadores y estafador de narcotraficantes”. ¿Qué pretenden los dos, acaso? ¿Quieren meternos en una guerra civil? ¿Podría ser después del Mundial, por lo menos?
Y, sin embargo, a mi juicio el verdadero triunfador de la jornada electoral fue el general Matamoros, la única persona a la que reconozco como líder político. Es mejor perder que ganar. Obtener la presidencia de este país inviable es como ganarse la rifa del Tigre. Nunca mejor dicho. Le pediré que no adhiramos a nadie. A lo sumo a Fajardo, siempre y cuando nos regale al menos dos escobas. O a Paloma Valencia, a cambio de un poquito de vinagre. O, dado el caso, a cualquiera que nos ofrezca una camiseta de la selección Colombia, así tenga cuello tipo Nerú.
¡BOLETAS PARA CIRCOMBIA EN ELECCIONES!
BOGOTÁ
Sábado 20 de junio (5:00 p.m.) - Auditorio Orígenes de la Universidad EAN
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