Ir al contenido principal
Marta Orrantia
Puntos de vista

El gobierno que nos merecemos

“Cada país tiene el gobierno que se merece”. Esta frase se le atribuye a Joseph de Maistre, un conservador que criticaba la Revolución Francesa y, aunque dolorosa, no deja de ser cierta, sobre todo en Colombia, donde nos vemos abocados a escoger entre dos extremos viciados y peligrosísimos. 

Los resultados de esta primera vuelta no fueron una sorpresa, es cierto, pero eso no quiere decir que no sean sorprendentes. Son exactamente el reflejo del país. Estamos rotos. Somos dos países. Dos países que se odian, que se resienten, que ven en el otro no a un compatriota que piensa distinto, sino a un enemigo al que hay que acabar. 

Lo que más perpleja me dejó no fue el resultado de la votación, sino la rabia que siguió y que va a alimentar las urnas en la segunda vuelta. Todos estamos armados, dispuestos a atacar con lo que tengamos a mano: trinos malintencionados, noticias falsas, encuestas torcidas, videos con IA, publicidad violenta, agresiones físicas, porque todo parece que se valiera en una contienda electoral que no conoce límites ni legalidades.

 De un lado están los petristas. No los cepedistas, porque eso no existe. Cepeda está cada vez más desdibujado en una campaña que Gustavo Petro mismo se ha adjudicado, a pesar de que su actuación en política es ilegal. El candidato Iván Cepeda, que es un hombre íntegro y decente, parece no saber ponerle límites a su jefe, y, por el contrario, hace eco en cada barbaridad que el presidente diga. Me pregunto qué tanto va a gobernar Cepeda, de ser elegido, y qué tanto va a dedicarse a cuidarle la espalda a su antecesor y a su equipo, y sobre todo qué va a ocurrir con la famosa Constituyente, que se perfila como un arma que atenta contra el equilibrio de poderes.

Del otro lado están los abelardistas, un grupo de nuevos conversos que votan enceguecidos por un hombre que les ha prometido seguridad y capitalismo rampante, sin importar a qué costo. De la Espriella ha dicho que maltrata animales, se ha mostrado como un misógino y un homófobo y se vende a sí mismo como un hombre nuevo en la política colombiana. Aunque ha defendido a hampones como Alex Saab o David Murcia, y muchos lo consideran un mafioso o un fascista, su grupo de seguidores ha escogido hacer caso omiso de su inquietante hoja de vida con tal de acabar con la propuesta del presidente actual. En su caso, me pregunto qué tanto le venderíamos el alma al diablo y terminaríamos cediendo derechos humanos y libertades individuales y quién sabe por cuánto tiempo.

Los candidatos de centro, como Claudia López o Sergio Fajardo, o incluso Juan Daniel Oviedo, han mostrado reticencia al apoyar al uno o al otro, conscientes de que no solo pondrían en riesgo su ética sino su caudal electoral, que alguna vez los vio como una esperanza en medio del delirio. Esto muestra que ese país roto, ese país abierto por la mitad, ya no tiene ni siquiera un pegante que lo una, que tienda puentes, que haga alianzas. 

Aun así, tanto Cepeda como Abelardo atraerán votantes de centro que irán a las urnas tapándose la nariz, fastidiados, con el entusiasmo por el suelo y votando por el que les parezca “menos peor”. Pero ¿qué hacemos los que no somos capaces de votar por uno o por el otro? ¿Aquellos a quienes nos tiembla la mano para poner esa equis encima de estos dos candidatos nefastos? ¿Qué hacemos los que nos quedamos a la deriva, sin suscribir a este par de personajes?

Tanto la izquierda como la derecha han satanizado el voto en blanco, diciendo que es “regalarle el país” al otro, y no como lo que realmente es: un voto hecho con conciencia, de alguien que se niega justamente a regalarle el país a nadie. Una protesta, una voz de disenso que grita que, sin importar quién quede, no nos representa. 

Y es que a mí no me representa ninguno de estos candidatos. Yo no quiero una Colombia rota. No quiero un presidente que gobierne para la mitad de un país y persiga o criminalice o incite al matoneo de la otra mitad. No quiero que venga nadie a profundizar más los odios y el rencor, y eso es lo que estamos eligiendo. Si cada país tiene el gobierno que se merece, entonces cualquiera que sea el resultado nos merecemos cuatro años aterradores. 

Finalización del artículo

6 comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir artículo en redes sociales