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Marta Orrantia
Puntos de vista

Lo que no le perdono a Petro

No le perdono a Petro que me hubiera roto la esperanza. Hace cuatro años, cuando voté por él entusiasmada, creía que por fin tendríamos una sana alternancia entre izquierda y derecha, como ocurre en las democracias robustas, sin que los unos teman que los otros se vayan a quedar en el poder. Me imaginaba un país donde la inversión social fuera política de Estado y por fin entendiéramos que todos debíamos remar para el mismo lado para eliminar la pobreza y la inequidad. En vez de eso, tuvimos un presidente errático y mediocre, que olvidó su papel en la construcción de un país y se dedicó a la tarea mesiánica e inútil de aparecer en los libros de historia mundiales, por supuesto sin lograrlo. Gustavo Petro se perdió en algún momento de sí mismo y se creyó que él era su cargo y no un empleado público al servicio de su país.

No le perdono tampoco que, en lugar de gobernar para todos, nos haya enfrentado en una lucha visceral los unos contra los otros. Él fue un presidente excluyente con un sector de la sociedad al que se dedicó a insultar, a vilipendiar y a maltratar. El país está roto y es en buena parte gracias a él. Sembró violencia cuando prometió paz. Sembró rabia cuando prometió alegría, sembró odio y sin embargo nos había prometido amor.

No le perdono a Petro su actitud violenta contra las mujeres. Hace un par de años llamó a las periodistas “muñecas de la mafia” y, a rivales políticas suyas como Claudia López o María Fernanda Cabal, les ha dicho “carroñeras” y “vampiras”. Pero tal vez lo peor es que en su gabinete de gobierno siga como ministro Armando Benedetti, un ser deleznable y un maltratador de mujeres. 

Tampoco puedo perdonarle que haya continuado la tarea de Duque de hacer trizas la paz. En lugar de rescatar el tratado que se había firmado en el Gobierno de Santos e implementar lo que había, quiso hacer el suyo propio, impulsado por un ego ciego y, lo reconozco, una alta dosis de ingenuidad. La tan anunciada Paz Total no tuvo frutos y en cambio dejó a país sumido en una violencia salvaje, donde los grupos ilegales delinquen bajo la mirada impávida del Gobierno.

No le perdono que nos deja el país con el segundo déficit fiscal más grande del mundo. Bajo su Gobierno, el Estado creció en costos administrativos, en nómina y en obligaciones de manera desproporcionada. Contrató 27.000 empleados públicos y subió la nómina 20 billones de pesos, pero no hubo un aumento proporcional en inversión social.

No le perdono que haya acabado con Agrosavia, una entidad que llevaba años haciendo investigación agrícola para darles a los campesinos semillas de buena calidad, asesorarlos en temas de siembra, productividad y sostenibilidad. La base de un tejido social es el campo, y el presidente Petro ignoró el mandato de llevar ciencia y desarrollo al agro colombiano. 

No puedo perdonarle sus mensajes en las redes sociales, cargados de mentiras, imprecisiones, violencia verbal y faltas de ortografía. El presidente, además de sembrar el odio, ha destruido el lenguaje. Y si escribe así, sus conciudadanos no verán la necesidad de respetar el idioma ni cuidarse del tono de sus palabras. 

Hay muchas cosas que no le perdono a Petro, es cierto. Pero tal vez la peor de todas, por la que más rencor le tengo, es que me haya obligado a considerar a la derecha como opción en estas elecciones. Votaré por Paloma, a pesar de ella misma y, sobre todo, a pesar de Uribe. Me engaño diciendo que en realidad votaré por Oviedo, a sabiendas de que su papel será mínimo en un gobierno que lo usa para lo que le conviene, pero que lo relegará al olvido apenas tenga la posibilidad de hacerlo. El mío será entonces un voto vergonzante, un voto con el que yo misma no estoy del todo de acuerdo. Será un voto inspirado en el miedo de repetir el desastre de gobierno que tuvimos y no en la convicción de que vendrá algo mejor. Un voto que no me alegrará. No le perdono a Petro no solo que me haya roto la esperanza durante cuatro años, sino que vendrán otros cuatro en los que no la recuperaré.
 

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