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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Iván y las palabras

Encuentro muchas cosas conmovedoras y reveladoras en imaginar a un hombre preso, por defender sus ideas y convicciones, escribiéndole poemas a un hijo de ocho meses. Manuel Cepeda Vargas decidió hablarle a su pequeño Iván desde la ternura, la imaginación y la esperanza. El padre eligió hablarle a su hijo con el lenguaje de la ternura, de la imaginación y de la esperanza. 

Por eso, al leer hoy esos poemas ‘Iván’, ‘Lo juro’, ‘Canción de cuna’, ‘Que podamos un día’, entre otros, no solo me convenzo del poderoso papel que cumple la poesía en la forma en la que un niño modela su mundo, sus analogías y su mirada, sino que le prefigura una relación con una ética del lenguaje y de las palabras. En este caso, esos poemas, que podían haber sido escritos desde la arenga, la consigna o el pregón, fueron escritos desde la pausa, las preguntas y la fe en la dignidad humana. Esas fueron las primeras palabras que rodearon esa infancia de Iván Cepeda al lado de las que provenían de los versos de Neruda, Martí, Gabriela Mistral y muchas de las canciones latinoamericanas. 

Durante décadas, el lenguaje político de nuestro país se ha contaminado de insultos, estigmas y gritería. Hay un libro necesario del escritor Juan Álvarez llamado Insulto. Breve historia de la ofensa en Colombia. Allí, Álvarez escribe una crónica y traza una cronología de cómo el insulto y la ofensa han definido, en gran medida, nuestro destino como nación. Así, desde nuestra independencia hasta hoy. Ese ha sido el tono de las recientes campañas políticas en las que se ha desvanecido el discurso y la discusión sobre los programas por la calumnia, el agravio y el irrespeto. 

Por eso, quienes hemos conocido a Iván Cepeda y para muchos de sus adversarios, una de sus grandes cualidades ha sido de su escucha respetuosa, la argumentación sólida y la capacidad para llegar a consensos y acuerdos. Y no dudo que ese carácter viene de su formación de casa, del talante de sus padres Yira y Manuel y de su formación académica y lectora. Esa ha sido una ganancia para esta campaña que propone otro tono al cual pareciera los colombianos estamos desacostumbrados. 

 

Por ejemplo, al leer en los versos de Manuel: “Iván, / ¿cómo te escondías / tú, para jugar! / Antiguo del mundo, / harto de guerrear, / llegaba el guerrero / a su propio hogar / y allí un niño de oro, / de negro mirar, / jugaba conmigo / a estar y no estar... // Ahora, en los patios / del hosco penal, / antiguo del mundo, / de tanto guerrear, / yo busco, soñando, / a mi niño Iván. //—Ya es tiempo que salgas, / te llama papá”, encuentro la posibilidad de ver a la figura del niño que juega “a estar y no estar” y a la infancia como territorio donde todavía es posible imaginar otros mundos, otras presencias, y otras formas de habitar el tiempo. Ese niño que aprende el mundo a través de la poesía aprende también que las palabras no solo sirven para atacar o imponerse, sino para comprender nuestra relación con los otros. 

Y acaso allí es donde encuentro unas de las claves de ese carácter de Iván que lo han acompañado a lo largo de su vida pública. A pesar de los más feroces debates en el Senado o en el juicio contra Álvaro Uribe Vélez no se dejó provocar ni aceptó la invitación a la gritería y la estridencia de los tiempos que corren.  Él ha sabido encontrar una manera de hacer política y de intervenir en lo público y así ha creado un estilo donde la escucha y la argumentación siempre han sido transversales a s discurso. A primera vista pareciera un método anticuado, pero al escucharlo se confirma trasgresor y vanguardista. En vez de ruido y velocidad elige la pausa y la lectura. Su pedagogía con el lenguaje lo ha llevado a que sus discursos se lean, se publiquen y circulen para abrir espacios de conversación alrededor de los grandes temas del país. 

En los tiempos de la posverdad sabemos bien que las mentiras han definido elecciones y que, a través de las redes sociales, han circulado relatos y narrativas que han modificado la manera en que habitamos las democracias actuales. De ahí que aquellos primeros poemas que delimitaron una sensibilidad sean hoy el sustento de una figura que irrumpe en la política luego de defender durante décadas a las víctimas del conflicto armado, de luchar por recuperar la memoria histórica y por promover conversaciones para llegar a un gran acuerdo nacional. Las palabras y el lenguaje que nos permiten comprender mejor el mundo y para sostener con altura todos los diálogos necesarios para entendernos como sociedad. 

De ahí que el programa de gobierno y los discursos de Iván Cepeda sean ante todo ejercicios de memoria histórica y de cuidado del lenguaje: Al afirmar con insistencia “no responderé con insultos, ataques personales ni campañas difamatorias. No apelaré al odio, ni a la burla, ni a la deshumanización del oponente”, Iván Cepeda propone una nueva ética de la conversación pública. Esa fue la herencia que recibió de Yira y de Manuel.

Y de allí también proviene su rechazo a la política del espectáculo, de “la fabricación de enemigos internos” y el “predominio del odio”. Esa insistencia no es casual, porque Iván pertenece a una generación marcada por las consecuencias devastadoras de un lenguaje político construido sobre la estigmatización. Su propia historia familiar está atravesada por ello. De eso se trata también el cambio de retórica en la construcción de un relato del país. Por eso se propone desde distintos lugares y urgencias recuperar la posibilidad de una conversación nacional a partir de “una auténtica revolución ética y una revolución de conciencia”. No habla primero de cifras ni de tecnocracia, sino de conciencia. Como si entendiera que ningún cambio político puede sostenerse si no transforma también el modo en que nos relacionamos con los otros, con el dolor ajeno y con las palabras que usamos para nombrarlo. Eso explica quizá por qué en su programa de gobierno, incluso cuando se habla de temas sensibles y delicados como la corrupción, la desigualdad o la violencia, se da prioridad a un tono más cercano al ensayo y la reflexión, constantes en su vida pública y privada, que a al panfleto incendiario de sus contradictores. Hay en su programa una insistencia casi obstinada en conceptos como dignidad, verdad, reconciliación, justicia y, por supuesto, humanidad.  Así se formó Iván sabiendo que se podía nombrar el mundo sin renunciar a la ternura y la empatía y la insistencia en el diálogo y la defensa de la escucha como práctica democrática. 

Por ende, Iván también es consciente de que en medio de un programa social, económico, ambiental y de seguridad, la cultura es el epicentro de la nueva conversación pública. Es en las culturas y saberes que las identidades que nos atraviesan se encuentran y conversan. En medio de tanto disenso es en la cultura donde logramos, inicialmente, reconstruir los diálogos fracturados. Desde la cultura hay mayores posibilidades de reconstruir la memoria histórica para proponer una pedagogía de la convivencia. El apoyo decidido a la promoción y formación en lectura, música, artes y saberes ancestrales debe apuntar a crear nuevos imaginarios que nos ayuden a salir de verdad de la violencia. Y eso lo sabe quien se formó entre las artes, la poesía, la filosofía, la cerámica y tantas canciones que todavía nos emocionan. Sabe bien, Iván, que las palabras no son neutrales y que su uso puede destruir o reconstruir una sociedad. Él apuesta por lo segundo con la certeza que el acceso a la cultura es un derecho. De igual forma, el énfasis en las memorias, las prácticas tradicionales y los patrimonios bio-culturales resulta tan significativo para un Acuerdo Nacional. Aquí la cultura es también tejido ancestral, cocina tradicional, músicas autóctonas, oralidad y memorias vivas. Hay una defensa explícita de las comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas como “guardianas de la identidad cultural nacional”. 

Por eso también resalto en la insistencia en vincular cultura y paz a través de programas de memoria viva, festivales de derechos humanos y el fortalecimiento de redes culturales en territorios afectados por la violencia. Por eso, el Acuerdo Nacional que propone con tanta convicción debe partir también de la reconstrucción de imaginarios comunes que nos permitan reconocernos y escucharnos otra vez, de manera intergeneracional. Por eso también resultan prioritarias las propuestas relacionadas con los jóvenes y las culturas urbanas en las que el hip hop, las artes multimediales, las escenas electrónicas o las nuevas formas expandidas de creación son también territorios de ciudadanía y construcción de paz.  

También destaco el lugar que ocupa la diáspora colombiana dentro de esta visión. La propuesta de enviar agregados culturales en ciudades como Madrid, México o Nueva York no se limita a exportar espectáculos, sino que busca reconstruir vínculos emocionales y simbólicos con millones de colombianos que han tenido que marcharse. Por eso el programa de Iván Cepeda es una nueva forma del discurso político en el que un proyecto cree en la sensibilidad y las emociones de la sociedad. 

Otros hablarán, con mayor experticia, de su programa económico, agrario o internacional. Algunos hablarán de la paz y la memoria. Yo me detengo en el papel del lenguaje y de la cultura como motores para promover una economía productiva y progresista que contribuya a defender las reformas contra la pobreza y la exclusión 

Es un momento definitivo. La derecha que se toma el mundo hoy nos recuerda la exclusión, el racismo, la misoginia, la xenofobia y el desprecio a la diversidad. Es una era difícil llena de Milei, Bukele, Trump, Kast, Bolsonaro y Le Pen. Vox avanza a pasos agigantados en España y el neofascismo y neonazismo se toma algunas regiones de Europa. En todos ellos, el lenguaje de odio y la estridencia han sido definitivos para conquistar electores y ya vemos los resultados. 

Tal vez la verdadera singularidad de Iván Cepeda en la política colombiana no radique únicamente en sus ideas ni en sus luchas, sino en su relación con las palabras. Mientras este país convirtió durante décadas el lenguaje en un campo de exterminio, él creció escuchando poemas escritos desde una cárcel por un padre que, aun en medio del encierro y la persecución, eligió la ternura antes que el odio. Por eso, incluso hoy, en medio del ruido, la polarización y la furia convertida en espectáculo cotidiano, insiste en hablar de diálogo, de memoria, de dignidad, de cultura y de escucha. Iván nos recuerda que un país se salva y se recupera para las grandes reformas sociales que requiere regresando a la conversación cargada de verdad humana.  En el lenguaje, en esas pequeñas, grandes, delicadas y poderosas palabras, está la síntesis de nuestro papel en el mundo. Y eso lo sabe Iván y por eso se la juega por darle al lenguaje su verdadero lugar en las ideas y la posibilidad de llegar más pronto que tarde a un nuevo y necesario contrato social donde quepamos todos. 

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