Este domingo, Colombia no elige solamente quién pasa a segunda vuelta. Elige también desde qué emoción quiere votar. Esa es quizá la pregunta más importante de esta jornada electoral. Pero la más profunda es qué país queda después de esta primera vuelta, qué democracia se configura después de esta campaña y qué tan gobernable será la Colombia que reciban quienes aspiren a ocupar la Casa de Nariño.
Me explico. Durante buena parte de nuestra historia reciente, los colombianos discutieron sobre política. Hoy, cada vez más, discuten desde la política. La diferencia parece pequeña, pero lo cambia todo. Antes una persona podía ser liberal, conservadora, empresaria, sindicalista, católica, atea, uribista, antiuribista, progresista o simplemente indiferente. La política era una parte de su identidad. Importante, intensa, heredada, familiar o emocional, pero apenas una parte.
Esta elección ha dejado claro que la política en Colombia está empezando a absorber todas las demás identidades. Cada vez más personas se definen primero por el lugar que ocupan en la batalla política y después por cualquier otra cosa. La ideología ya no es solamente una opinión sobre cómo administrar el Estado, sino una forma de interpretar la realidad, escoger amistades, consumir información, decidir a quién creer, a quién perdonar, a quién admirar y a quién odiar. La política dejó de ser un espacio de discusión para convertirse en un sistema completo de pertenencia.
Ese fenómeno tiene nombre. El analista estadounidense Ezra Klein lo ha explicado como la construcción de ‘megaidentidades’: momentos en los que la política deja de competir con otras lealtades y termina absorbiéndolas todas. Cuando eso ocurre, las elecciones dejan de ser competencias entre programas de gobierno y se convierten en disputas entre formas de vida. Entre sobrevivencias. La discusión ya no gira solamente alrededor de impuestos, seguridad, salud, educación, empleo, energía o reformas. Gira alrededor de quiénes somos, quiénes creemos ser y quiénes creemos que amenazan nuestra existencia individual y colectiva.
Por eso, la contienda empieza a sentirse tan personal. Por eso, una crítica a un candidato se interpreta como una agresión individual. Una derrota electoral se vive como una humillación propia y una victoria política se celebra como una reivindicación moral. Por eso, Colombia se siente hoy tan distinta, no porque haya descubierto la polarización, que en este país existe desde hace rato, sino porque la polarización dejó de ser principalmente ideológica para convertirse en una disputa de pertenencias. Dime a quién odias y te diré quién eres.
Colombia ya no parece un país que discute. Parece un país que siente que el otro lado no es simplemente un adversario político, sino una amenaza moral. Ese es el verdadero cambio de la política colombiana. No es solamente ideológico. Es emocional.
Durante años nos acostumbramos a explicar las elecciones como una disputa entre izquierda y derecha, entre Estado y mercado, entre seguridad y paz, entre progresismo y conservadurismo, entre orden y transformación. Pero hace rato la discusión dejó de ser programática para pasar a ser una pelea de pertenencias. Una guerra de trincheras emocionales donde cada grupo se cuenta a sí mismo una historia heroica y le asigna al otro el papel de villano.
Y eso cambia todo. Porque cuando una sociedad entra en lógica de tribus, los datos importan menos que la sensación de pertenencia. La gente vota por identidad, por reconocimiento, por miedo a perder su lugar en el país, por rabia acumulada, por deseo de revancha o por necesidad de sentirse parte de algo. Vota también por una historia que le diga que sus frustraciones tenían razón, que sus enemigos tenían nombre y que su sufrimiento tendrá castigo.
Eso explica por qué tantas veces las cifras no logran mover percepciones. La economía puede mejorar en algunos indicadores y aun así una parte del país puede sentirse destruida. La violencia puede bajar en una medición y aun así la sensación de inseguridad puede dispararse. Un gobierno puede mostrar un dato favorable mientras millones sienten caos. O al revés: un presidente puede fracasar administrativamente, incumplir promesas, desordenar el Estado, mentir sistemáticamente en sus trinos, acumular escándalos y, aun así, conservar un apoyo emocional casi religioso. Eso explica parte del fenómeno Petro. Porque la política moderna no opera principalmente en el cerebro racional. Opera en el sistema nervioso.
El autor y psicólogo Daniel Kahneman explicó hace años que los seres humanos toman muchas decisiones rápidas, intuitivas y emocionales antes de racionalizarlas. Primero sentimos. Después justificamos intelectualmente lo que ya decidimos emocionalmente. Eso hoy atraviesa toda la política colombiana. Hay sectores que no toleran oír absolutamente nada negativo sobre el candidato Abelardo de la Espriella, porque todo cuestionamiento lo interpretan como una conspiración, toda investigación como persecución, toda crítica como odio desde la izquierda y todo fracaso como sabotaje.
Pero también existe una oposición incapaz de reconocer un solo acierto del Gobierno, incluso en asuntos donde objetivamente podría hacerlo. Para muchos, cualquier matiz frente a Gustavo Petro es traición. Cualquier reconocimiento parcial es cobardía. Cualquier intento de entender a sus votantes es complicidad. Así se empobrece el debate público. Así se reemplaza la política por reflejos. Así se construye una ciudadanía que ya no escucha para entender, sino para encontrar la próxima razón para indignarse.
Eso es polarización afectiva. La diferencia es enorme. La polarización ideológica permite negociar porque se discuten ideas. La polarización afectiva destruye la posibilidad de acuerdo porque el problema deja de ser lo que el otro piensa y pasa a ser lo que el otro representa emocionalmente. Llega un momento en que los ciudadanos no solo prefieren a los suyos, sino que empiezan a despreciar a los del otro lado.
Ese es uno de los fenómenos más peligrosos del momento colombiano. La fusión entre identidad personal y militancia política. Hoy mucha gente ya no siente que apoya a un candidato. Siente que es ese candidato. Que cualquier crítica contra él o ella es una agresión personal. Que cualquier derrota política es una humillación propia. Que cualquier concesión es una traición moral. Que cualquier hecho incómodo debe ser negado, relativizado, ignorado o destruido, porque aceptar ese dato obligaría a revisar una identidad completa.
Por eso, la izquierda ya no es solamente izquierda. Es una identidad cultural completa. Un lenguaje. Un ecosistema digital. Una narrativa histórica. Una estética moral. Un sentido de pertenencia. Una forma de reconocerse como parte de una lucha contra un país injusto, excluyente y arrogante. Pero la derecha también dejó de ser solamente una posición sobre impuestos, seguridad, propiedad privada o tamaño del Estado. Se volvió una identidad emocional y una reacción frente al miedo al desorden, a la guerrilla, al deterioro institucional, al avance del crimen, a la improvisación y a la sensación de que el país se volvió ingobernable.
Por eso, las discusiones políticas se volvieron tan agresivas. Porque dejaron de sentirse políticas para volverse existenciales. Y cuando una diferencia se vuelve existencial, el adversario deja de ser alguien con quien se compite y se convierte en alguien de quien hay que defenderse.
En ese punto aparece lo verdaderamente difícil que es gobernar el país que queda cuando se acaba la elección. Cuando se apagan los micrófonos, se desmontan las tarimas y los estrategas tóxicos se van a buscar a sus próximos clientes.
Lo difícil es sentarse en la Casa de Nariño con un país partido en dos, lleno de sospechas, intoxicado de mentiras, agotado por los insultos y convencido de que la otra mitad no está equivocada, sino moralmente perdida. En especial porque un presidente no gobierna solamente para quienes votaron por él o por ella. Quien llegue al poder tendrá que gobernar también para quienes lo detestan, para quienes le tienen miedo, para quienes sienten que su triunfo es una amenaza y para quienes fueron convencidos durante meses de que esa victoria significaba el fin de la democracia. Porque después de la elección no hay ellos. Solo hay nosotros. El país que pierde también queda adentro del país que gana.
La pregunta, entonces, es cuánto vale ganar si para hacerlo se deja una sociedad más resentida, rota e incapaz de reconocerse. Si la campaña destruye la gobernabilidad que después necesitará el gobierno. Si el triunfo electoral se consigue al precio de convertir al adversario en enemigo, al ciudadano del otro lado en traidor y a la diferencia en una forma de agresión y amenaza.
Los presidentes heredan las emociones que los candidatos sembraron. Y esas emociones pueden hacer ingobernable el país. Por eso no todas las campañas tienen la misma responsabilidad. No todas las candidaturas usan los mismos códigos. No es igual competir con dureza que competir con veneno. No es igual denunciar que deshumanizar. No es igual advertir sobre riesgos que convencer a millones de personas de que el adversario es una amenaza existencial que debe ser destruida.
Es claro que la democracia necesita diferencias, pero también límites. Necesita debates fuertes, pero también un mínimo reconocimiento del otro. Necesita oposición, pero no puede sobrevivir eternamente en una lógica donde cada elección se presenta como la última batalla entre el bien y el mal. Porque cuando todo se vuelve apocalíptico, nada puede ser gobernado. Y cuando cada candidato convence a sus seguidores de que el otro es el fin de la patria, después no puede pedirle tranquilamente a esa misma ciudadanía que acepte el resultado con serenidad.
Y las redes sociales son el combustible de ese fuego. Las plataformas no premian la serenidad. Premian la indignación. El algoritmo entendió hace años algo que muchos candidatos están comprendiendo: que el miedo y la rabia generan más atención que la calma. Un debate tranquilo no produce tracción. Una sociedad furiosa sí. Entonces el sistema entero empieza a empujar hacia la radicalización emocional. El político moderado desaparece, la tecnócrata con experiencia aburre, el matiz pierde audiencia, el ciudadano que duda parece débil, a quien cambia de opinión le dicen vendido y a quien reconoce complejidades lo tildan de tibio.
Sobrevive quien logra activar emociones más intensas. Miedo, ira, escándalo, humillación y amenaza. La economía emocional de la política moderna funciona así. El profesor Drew Westen escribió que el cerebro político no se mueve como una hoja de cálculo. Las campañas exitosas no solo informan, sino que activan narrativas emocionales.
Eso ayuda a entender esta elección. Vista desde afuera, Colombia parece debatirse entre pulsiones latinoamericanas que han recorrido la región en los últimos años. Algunos miran a México. Otros miran a Chile. Otros miran a Argentina o El Salvador. Pero tal vez la pregunta no sea si Colombia se parece a un país u otro. Tal vez la pregunta sea qué emoción quiere resolver Colombia con su voto. Una parte del país quiere sentirse reparada. Otra parte quiere sentirse protegida. Una parte quiere que le reconozcan su rabia histórica. Otra parte quiere que le devuelvan la tranquilidad. Una parte vota desde la ilusión de que por fin cambien las jerarquías. Otra vota desde el miedo a que el cambio termine destruyendo lo que todavía funciona.
Entre esas emociones se mueve una democracia cansada. Ese cansancio es quizá la sensación más extendida del momento. Hay millones de personas agotadas. No necesariamente solo por la situación económica. Ni siquiera únicamente por la inseguridad. Están agotadas emocionalmente de vivir dentro de una pelea permanente. De despertarse todos los días dentro de una guerra digital. De ver al presidente insultando, a algunos candidatos provocando, a los influenciadores incendiando, a las bodegas mintiendo y a los fanáticos aplaudiendo.
El problema es que el cansancio social suele producir dos respuestas peligrosas: apatía o autoritarismo. Algunos simplemente se desconectan, dejan de creer en todo, pierden interés en la democracia, se refugian en la vida privada, se convencen de que todos son iguales, de que votar no sirve, de que el país no tiene arreglo y de que la política es una enfermedad ajena.
La historia latinoamericana está llena de momentos así. Las sociedades emocionalmente agotadas son especialmente vulnerables a líderes que prometen alivio emocional más que soluciones reales. Ahí aparece otro riesgo colombiano: la política como terapia colectiva. Cada vez más líderes entienden que no necesitan resolver problemas. Les basta con administrar emociones. Mantener movilizada a su esquina, alimentar indignaciones, fabricar enemigos y convertir cada elección en una batalla moral definitiva. Presentarse como víctimas cuando gobiernan mal y como salvadores cuando hacen campaña.
Eso genera fidelidades intensísimas, pero destruye lentamente la posibilidad de país compartido. El problema no es que Colombia tenga diferencias. El problema es que cada vez más colombianos parecen incapaces de imaginar que alguien pueda pensar distinto sin ser corrupto, ignorante, comunista, fascista, vendido, resentido, facho, oligarca, mamerto, paramilitar, guerrillero, bodeguero o enemigo del pueblo.
Se nota en las conversaciones familiares. En los grupos de WhatsApp. En los almuerzos donde ya nadie quiere hablar de política. En periodistas convertidos en activistas. En políticos convertidos en influenciadores emocionales. En la política convertida en entretenimiento. En ciudadanos que consumen únicamente información diseñada para reforzar sus prejuicios. En personas inteligentes que dejaron de leer al otro lado porque prefieren confirmar lo que ya sienten. Todos terminan encerrados dentro de su propio espejo.
Y mientras tanto el país real sigue ahí. La inseguridad sigue creciendo en muchas regiones. Las finanzas públicas siguen exprimidas. La salud necesita una salida responsable. La educación requiere algo más serio que consignas. La crisis energética exige técnica y no solo discursos. El empleo necesita inversión. La justicia necesita confianza. Los territorios necesitan Estado. Los grupos armados siguen expandiéndose. El narcotráfico sigue mutando. La corrupción sigue encontrando nuevos disfraces.
Por eso, esta elección también exige una responsabilidad ciudadana. Somos parte de la solución o seremos parte del problema. Cada voto puede ayudar a bajar la fiebre o puede seguir alimentando el incendio. Y no se trata de pedirle a la gente que no tenga miedo. Sería absurdo. Muchos miedos son legítimos. Hay miedo a la inseguridad, a la corrupción, al autoritarismo de la extrema derecha o a la extrema izquierda, a la improvisación, al regreso de viejas prácticas, a la continuidad de un pésimo gobierno. El miedo existe. El problema es votar solamente desde el miedo.
Porque el miedo estrecha la mirada. Vuelve urgente lo que necesita reflexión. Hace atractivo al que grita más fuerte. Reduce la democracia a una reacción defensiva y termina entregándole el voto no al plan más serio, sino al mejor manipulador de ansiedades. Por eso, en esta primera vuelta, la pregunta debería ser menos emocional y más exigente.
No solo quién me da rabia. No solo quién me da miedo. No solo quién derrota al que odio. No solo quién castiga al que me ataca. No solo quién representa mi esquina. La pregunta debería ser quién tiene un plan serio para gobernar el país que queda después de esta elección. Quién entiende las finanzas públicas, o sabe recuperar la seguridad sin destruir derechos, o puede ordenar el sistema de salud sin convertirlo en botín, o puede hablar de paz sin ingenuidad y de autoridad sin brutalidad. Quién puede atraer inversión sin arrodillarse ante los poderosos. Quién puede proteger a los vulnerables sin destruir la economía que los sostiene.
Esa debería ser la pregunta democrática. Porque votar contra alguien puede ser emocionalmente satisfactorio, pero gobernar un país exige mucho más que una revancha. Colombia necesita ciudadanos que voten con memoria, sí. Con indignación, cuando haya razones. Con carácter, por supuesto. Pero también con cabeza. Con lectura, comparación y exigencia. Con la serenidad mínima de entender que una democracia no se salva entregándole el poder a la emoción más intensa del momento.
Porque las democracias no se cuidan solas. Necesitan ciudadanos capaces de protegerlas incluso de sí mismas. Necesitan electores capaces de ponerle límites a sus propios miedos, rabias y ganas de castigar. Hay que salir a votar. Pero no como quien dispara una rabia, cobra una ofensa o le entrega el país al candidato que mejor manipula sus temores. Hay que votar mirando propuestas, planes de gobierno, equipos, método, experiencia, límites, carácter democrático y capacidad real de gobernar para todos. Porque después de la primera vuelta no desaparece el otro país. No hay ellos. Solo hay nosotros. No hay diferentes tipos de colombianos. Todos somos colombianos.
@yohirakerman; [email protected]
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