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Estados Unidos e Irán: una negociación sin garantías y sus consecuencias. Parte II
Ganar una guerra significa cambiar la política del adversario hasta forzarlo a capitular, y eso es exactamente lo que Irán le hizo a Estados Unidos al cerrar Ormuz.
Internacional

Estados Unidos e Irán: una negociación sin garantías y sus consecuencias. Parte II

La guerra terminó. Sus consecuencias apenas comienzan. Han Blumenthal analiza en esta segunda parte las consecuencias estratégicas de esta guerra absurda emprendida por Estados Unidos e Israel, tanto para Irán, como para los países del Golfo y para el equilibrio internacional.

Por: Hans Blumenthal

Conviene una advertencia. Algunos analistas creen que Trump podría intentar un giro histórico: reemplazar cinco décadas de sanciones por el reconocimiento del régimen iraní, liberar 24 mil millones de dólares en activos congelados y abrir inversiones por hasta 300 mil millones. Si ocurriera, sería un cambio de paradigma. Hoy sigue siendo solo una hipótesis.

El semanario alemán Der Spiegel resume la mirada de los países del Golfo, vecinos de Irán: un hombre demasiado poderoso prende fuego en un vecindario frágil, sin ningún plan. El vecino más peligroso contraataca, y mientras todos recogen los escombros, el incendiario se marcha sorprendido. Esa imagen resume el sentimiento predominante en el Golfo.

No hubo un plan, sino cálculos para la guerra

Tras los bombardeos de junio de 2025, el Pentágono estimó un retraso de dos años en el programa nuclear iraní. Después, según imágenes satelitales, Irán excavó sus instalaciones más profundamente en la roca. Washington e Israel temieron que la ventana de vulnerabilidad se cerrara pronto y volvieron a atacar, pero los bombardeos de febrero de 2026 apenas lograron unos meses de retraso. Solo una coincidencia excepcional de inteligencia permitió localizar reunida a la cúpula iraní y fijar el momento exacto del ataque.

El plazo electoral de noviembre apremiaba. La captura de Maduro en Venezuela pareció convencer a Trump de que también podía forzar rápidamente una capitulación iraní. Un día antes del ataque, el canciller omaní hablaba de avances en las negociaciones nucleares. Esa señal fue desestimada.

Los países del Golfo buscan caminos propios

Tras la guerra, los países del Golfo perdieron confianza en las garantías estadounidenses. Infraestructuras energéticas fueron destruidas, puertos atacados, y la planta de gas más grande del mundo en Catar sufrió daños de diecisiete por ciento. Aunque siguen dependiendo de armas y garantías de seguridad de Washington, Arabia Saudita, Turquía y Egipto exploran un bloque de seguridad propio. Mientras los Emiratos profundizan su vínculo con Israel —y pagaron tres mil millones de dólares a Irán para detener los ataques—, el conjunto de las monarquías del Golfo acelera una diversificación de sus alianzas de seguridad y energía para reducir su dependencia de Washington.

Irán: entre la represión y la reconstrucción

Teherán enfrenta su propio dilema en dos frentes. Hacia afuera, Irán debe seguir financiando a Hezbolá y milicias chiitas en Irak y Yemen. Lo hace menos por legitimidad revolucionaria que por una lección aprendida en la guerra de ocho años contra Irak (1980-1988): dejar el conflicto sin amortiguadores en territorio vecino significa traer la guerra al propio. El primer punto del memorando, dedicado al Líbano, es crucial porque protege a Hezbolá. Hacia dentro, el régimen se percibe en estado de guerra desde los bombardeos de junio de 2025, lo que usa como justificación para la represión brutal de protestas civiles tras el desplome del rial. Todo indica que ese será el principal dilema estratégico del régimen durante los próximos años: mantener sus amortiguadores regionales o estabilizar el país.

Ese amortiguador ya enfrenta su propia prueba. Israel y Líbano firmaron en Washington su propio marco de catorce puntos, con zonas piloto donde el ejército libanés asumiría el control de seguridad a cambio del desarme de Hezbolá. Hezbolá no firmó ni participó en la negociación, y su líder, Naim Qassem, calificó el acuerdo de nulo, humillante y una entrega de la soberanía libanesa, exigiendo en cambio una retirada incondicional de Israel.

China capitaliza el deterioro de la confianza en Estados Unidos

Pekín se abstuvo de cualquier acción militar, aunque cerca del cuarenta por ciento de sus importaciones de petróleo pasa por Ormuz. En Europa, la confianza en Washington se erosiona: solo 42 por ciento de los europeos ven hoy a EE. UU. como socio confiable, frente al 51 por ciento de 2024. Japón y Corea del Sur aceleraron conversaciones comerciales con Pekín tras roces arancelarios con Washington. Pekín obtiene esos beneficios sin necesidad de intervenir militarmente, mientras presenta ante el Sur Global una imagen de potencia que respeta la soberanía ajena. Para Pekín, el mayor beneficio no es militar sino geopolítico: cada punto de confianza que pierde Washington fortalece la posición negociadora china.

La vulnerabilidad del comercio global: lecciones de Ormuz

La guerra dejó una lección que trasciende lo militar: el comercio mundial depende de un puñado de estrechos marítimos, y esa dependencia tiene un precio que el mundo apenas empieza a calcular. El Estrecho de Malaca mueve el treinta por ciento del comercio marítimo mundial; Bab al-Mandab, amenazado por los hutíes, aliados de Irán en la región pero no chiitas como Hezbolá, controla el Canal de Suez con el diez por ciento. El Estrecho de Taiwán mueve otro 40 por ciento de la flota mundial de contenedores.

Esa vulnerabilidad plantea, además, una pregunta legal incómoda: a diferencia del Bósforo, regido por un tratado específico, Ormuz, Bab al-Mandab y Malaca están sujetos al mismo régimen general del derecho del mar, el llamado paso en tránsito que garantiza la libre navegación en los estrechos internacionales. Irán nunca ratificó esa convención y por ello sostiene que puede aplicar reglas propias durante un conflicto armado. El precedente preocupa tanto a los países del Golfo como a Egipto e Indonesia, custodios de Bab al-Mandab y Malaca: si un Estado ribereño puede suspender unilateralmente la libre navegación en tiempos de guerra, ese mismo argumento podría usarse en cualquiera de los otros estrechos del mundo.

Esa vulnerabilidad legal y física tiene fecha de caducidad, y la guerra aceleró tres respuestas que ya estaban en marcha. Los países del Golfo invierten en pipelines y ferrocarriles alternativos a los estrechos: los Emiratos aceleraron su West-East Pipeline y Arabia Saudita su East-West Pipeline. Gobiernos y empresas aceleran el nearshoring —producción más cercana a mercados finales— y el friendshoring —suministros de aliados confiables—: dos manifestaciones de una globalización menos abierta y más fragmentada. La transformación más profunda, sin embargo, es el despliegue acelerado de energías renovables: cuando caiga la demanda de petróleo, Ormuz perderá valor estratégico. Los cuellos de botella seguirán siendo críticos: transportan alimentos, semiconductores y materias primas.

A corto plazo, la diferencia con las crisis petroleras del pasado es instructiva. En 1973, el shock fue político: un embargo deliberado de la OPEP contra Occidente. En 2026, fue logístico: un bloqueo físico del estrecho por parte de Irán. Pozos y refinerías dañados en Arabia Saudita, Catar e Irán requieren complejos procesos técnicos de reactivación, mientras cientos de petroleros permanecen represados en el Golfo esperando turno para cruzar. Analistas estiman que la normalización plena podría tardar más de un año. La economía mundial no vuelve a la normalidad de un día para otro: lo hará en oleadas sucesivas, bien distintas según el bien y la ruta de la que dependa.

Paciencia, ingenio y estrategia: cómo potencias medianas contienen superpotencias

Washington careció de una estrategia política clara para la guerra, pero dio con el punto débil de Irán: bloquear sus importaciones afectó la economía iraní más duramente que el cierre de Ormuz a la economía mundial. Ese daño sentó a ambos en la mesa. Un régimen autoritario puede hacer sufrir a su población mucho más tiempo del que una democracia resiste el costo político en casa. Por eso Irán, con paciencia y sin mayor capacidad militar convencional, desgastó a la superpotencia, como también lo demostró Ucrania contra Rusia. La guerra demuestra que la fuerza, sin una estrategia clara, termina erosionando el poder que pretende consolidar. La reapertura del Estrecho de Ormuz ofreció una esperanza: no tanto un triunfo para Trump, sino un alivio para la economía mundial, aunque el precio fue alto.

La paradoja más inquietante de esta guerra es que, al intentar impedir por la fuerza que Irán obtenga el arma nuclear, Washington pudo haber enseñado a otros países justo lo contrario de lo que buscaba: que solo la disuasión nuclear protege de un ataque como el que sufrió Irán. Esa lección vale, antes que para nadie, para el propio Irán: dentro del régimen ya circulan voces que piden abandonar el Tratado de No Proliferación y construir la bomba, precisamente para que esta guerra no se repita.

La guerra también pasó factura a la relación entre Washington e Israel. En Estados Unidos, voces de izquierda y derecha acusaron a Netanyahu de haber arrastrado al país a un conflicto que no era el suyo, un debate que coincidió con un aumento de expresiones antisemitas, según algunos analistas. El vicepresidente Vance se lo dijo sin rodeos: Israel no puede permitirse atacar al único aliado poderoso que le queda.

A eso se suman los costos de la guerra. El think tank independiente CSIS los calcula en unos 40.000 millones de dólares para el Pentágono. La economista de Harvard Linda Bilmes considera esa cifra subestimada, porque usa precios antiguos de munición en vez de los costos actuales de reposición, y calcula el total real en unos 200.000 millones de dólares.

Las ventajas de un orden mundial basado en reglas y otras lecciones de la guerra

La gran lección de esta guerra para el resto del mundo es el deterioro del orden internacional basado en reglas: Washington contribuyó a erosionarlo en Irán, como Rusia lo había hecho en Ucrania. La pérdida de confianza entre los aliados históricos de Estados Unidos —Europa, Japón, Corea del Sur— es quizá su derrota estratégica más profunda. Para Europa, la guerra confirmó la necesidad de acelerar una política exterior y de defensa menos dependiente de Washington.

América Latina no decide esta guerra, pero ya empieza a pagar parte del costo, sobre todo a través del precio de los combustibles y de los fertilizantes que importa. Países como Brasil y México, fieles a su tradición de priorizar el multilateralismo y la ONU, observan con atención si el resto del mundo defiende ese mismo principio frente a las grandes potencias.

La reconstrucción del orden internacional no puede depender solo de Washington, pero tampoco de Pekín o Moscú. Europa, América Latina, África, Asia y los BRICS tendrían que fortalecer la ONU y los organismos multilaterales, y crear consecuencias reales para quienes violen las reglas, sin importar si son superpotencias o potencias medianas. La alternativa es resignarse a la ley del más fuerte.

Una última advertencia. La guerra parece haber terminado; la negociación apenas comienza. De su desenlace dependerá si este conflicto queda como un episodio excepcional o como el primer capítulo de una nueva etapa de inestabilidad en Oriente Medio.

P. D. Queridas lectoras, queridos lectores: me voy tres meses lejos de Colombia. Escribiré solo algunas veces — entre otras cosas, sobre las nuevas formas de la globalización, un tema que me parece fascinante, y sobre el conflicto en Sudán, quizás la peor catástrofe humanitaria del momento y la más olvidada. Alejarse ayuda, a veces, a ver mejor lo que uno quiere entender. Gracias por leerme; nos seguimos leyendo.

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