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Los pasos del libro. Conversación con Fernando Zalamea y Emilio Rodríguez sobre la lectura y el coleccionismo
Cultura

Los pasos del libro. Conversación con Fernando Zalamea y Emilio Rodríguez sobre la lectura y el coleccionismo

Fernando Zalamea y Marta Traba en Maryland. Créditos: cortesía de Fernando Zalamea y BADAC.

Escritoras, ilustradores, impresores, editoras, libreros y lectoras conversan con Amalia Tapiero sobre una pregunta nuclear: ¿Qué hay detrás de los libros que cada colombiano tiene en sus manos? En esta última entrega responden los lectores Fernando Zalamea Traba y Emilio Rodríguez González.

Por: Amalia Tapiero Barreto

A lo largo de estos pasos del libro, hemos descubierto roles —papeles, para mantener la temática de esta saga— que se superponen y dialogan entre sí: imprentas y librerías que también editan; escritores que ejercen labores editoriales; ilustradores que también narran con palabras, y editores que son, además, escritores y bibliófilos.

Esta última entrega, dedicada a los lectores —según la Real Academia Española de la Lengua, quien “lee o tiene el hábito de leer”—, no es la excepción. Sus protagonistas, Fernando Zalamea Traba y Emilio Rodríguez González, trascienden con creces el papel de simples consumidores de libros. Ahí reside la belleza del proceso que hemos descubierto: es un ciclo que no cesa.

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Fernando Zalamea Traba (Bogotá, 1959) es matemático, ensayista, filósofo, crítico y divulgador, además de profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia. Cursó su bachillerato en Italia; estudió matemáticas en Francia, donde también hizo una maestría en Matemáticas Puras, y obtuvo otra maestría y un doctorado —ambos en Matemáticas— en Estados Unidos. Su trabajo entrelaza aquella ciencia con la filosofía, la literatura y las artes, lo que ha hecho de él una de las figuras más singulares del pensamiento interdisciplinario en América Latina. De ahí que en 2015 haya sido incluido, como el único latinoamericano hasta hoy, en 100 Global Minds - The Most Daring Cross-Disciplinary Thinkers in the World.

Entre otros reconocimientos, ha recibido los premios Andrés Bello (Colombia, 2000), Kostakowsky (México, 2001), Gil-Albert (España, 2004) y Jovellanos (España, 2004). Asimismo, obtuvo el prestigioso Premio Internacional de Ensayo (México, 2013) por Pasajes de Proteo. Residuos, límites y paisajes en el ensayo, la narrativa y el arte latinoamericanos (Siglo XXI Editores, 2013). En 2025, fue galardonado con el Premio Nacional de Matemáticas. Además, ha escrito y editado centenares de publicaciones que abarcan ensayos, libros, monografías, artículos y reseñas académicas.

Durante décadas, su biblioteca personal ha crecido hasta alcanzar “diez mil volúmenes muy selectos”. Hoy relee “sin cesar a Simone Weil, Paul Valéry y Pavel Florenski”, y el libro que sigue buscando sin éxito es Les Pensées de Pascal, de Jean Mesnard. Actualmente, está escribiendo “un largo tratado (mil páginas proyectadas) sobre la noción de frontera (horosis) desde finales del siglo XVIII hasta finales del XIX”.

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Emilio Rodríguez González (Bogotá, 1996) es un joven escritor, traductor y editor. Ganó en diez ocasiones la Beca de Excelencia Académica al Mejor Promedio Ponderado, otorgada por la Pontificia Universidad Javeriana, de donde se graduó en Estudios Literarios y en Comunicación Social y Periodismo con el prestigioso reconocimiento Orden al Mérito Académico. Además, su tesis de pregrado sobre el fantasma en la obra del poeta modernista mexicano Amado Nervo, defendida en 2022, recibió Mención de Honor, la máxima distinción otorgada a una disertación de pregrado. Ese mismo año obtuvo el Premio al Mejor Microrrelato por “La promesa”, en el IV Concurso Nacional de Microcuento Palabras e Imágenes, organizado por la Fundación Haceb.

Vivió en Francia durante casi dos años, donde obtuvo un diploma en Lengua y Cultura Francesa (CLCF) de la Universidad Católica de Lyon. Ha sido librero en NADA; corrector editorial en Click+Clack, Hambre, Salvaje y Jardín, y editor en Directo Bogotá. Hoy trabaja como traductor y especialista en contenido, edición y SEO para compañías norteamericanas. También es coleccionista de minerales y suele cantar en espacios como el Teatro Nacional y en otros escenarios locales independientes.

Emilio Rodríguez en librería NADA con Andrea Triana (izquierda) y María Paola Sánchez (derecha). Créditos: archivo particular.

Su biblioteca cuenta con alrededor de 2000 títulos. Y actualmente está leyendo Vida y obra de algunas nubes, de Hernán Ronsino y Christian Montenegro, un libro ilustrado publicado por Limonero que un amigo piloto le trajo desde Argentina. Entre los libros que busca y no ha logrado encontrar figuran dos volúmenes de arte escasísimos —The Art of Over the Garden Wall y The Art of WALL·E—; Les carnets, de Jean Joseph Joubert, y Donkey, de Jill Bough. Ahora mismo está escribiendo una colección de poemas, ensayos y textos misceláneos sobre piedras y mineralogía.

Empecemos por el principio… ¿Cómo surge el amor por la lectura?

Cuando le pregunté a Fernando —segundo hijo de la intelectual colombo-argentina Marta Traba y del periodista y diplomático colombiano Alberto Zalamea— quién le había inculcado el amor por la lectura, su respuesta arrojó luz sobre crecer en la casa de una vasta tradición intelectual: “No creo que fuera inculcado directamente. Más bien, el ambiente de mi casa lo produjo. Recuerdo que leí con fervor a Verne y Salgari a mis diez años, así como a Poe y Lovecraft a los once”. En ese mismo sentido, recuerda el primer libro que le regalaron: “Probablemente la edición Cortázar de los cuentos de Poe fue el primer regalo que recibí directamente (de mi madre, en Puerto Rico)”.

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Marta Traba con su hijo Fernando Zalamea en brazos. Créditos: cortesía de Fernando Zalamea y BADAC.

Emilio, por su parte, recuerda “con especial amor y cariño” a varias de sus profesoras del colegio, en especial a Alcirita García Moreno y a Norma Arias de Muñoz. De Alcirita, conserva todavía “la afición inextinguible por la ortografía”, el interés por los clásicos y la conciencia de la propia escritura: “Con ella escribí dos mininovelas y una autobiografía”. También recuerda a Martha Helena Estrada, quien, a pesar de la prohibición en el plantel, les leía Harry Potter y el prisionero de Azkabán y les enseñó a cantar “Alfonsina y el mar”.

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Aunque en su familia inmediata “nadie era un lector afiebrado ni aficionado”, Emilio agradece especialmente a su madre por nunca haber cuestionado su amor por los libros y por haberlo propiciado desde niño. “Muchas navidades ella me trajo libros”, recuerda, entre ellos los minicedés de cuentos de Comcel y algunos títulos de Buscando a Nemo, Toy Story y Monsters Inc. Y los primeros dos libros que recuerda haber recibido fueron de ella: los board books Jungla musical y Bicho rojo, bicho azul, ambos licenciados de Disney para la Colección Opuestos de la línea infantil del Grupo Editorial Norma.

Años después, una anécdota presagiaba algo de su sensibilidad lectora. Tras comprar la Eneida en la Librería Nacional, decidió intercambiarlo porque estaba en prosa y no en verso. “Mi mejor amigo me molestaba en el colegio porque decía que si por mí fuera, todos los textos del mundo deberían estar escritos en verso”, recuerda.

“Mi mejor amigo me molestaba en el colegio porque decía que si por mí fuera, todos los textos del mundo deberían estar escritos en verso”.

El arte de armar una biblioteca

Emilio asocia el inicio de su biblioteca personal con ese libro en particular: “Me introdujo en una editorial que marcó mi comprensión de una biblioteca por su completitud y el orden de un proyecto editorial: Ediciones Cátedra”.

A partir de entonces comenzó a comprar, con su mesada, varios títulos de esa colección: “Me producían tanta fascinación esos lomos, blancos para la literatura universal y negros para la literatura latinoamericana; esas ilustraciones disímiles pero contenidas en las dimensiones específicas de su recuadro; los cantos de papel color crema…”. Así llegaron a sus manos la Ilíada, la Odisea, Las metamorfosis, Fausto y Paraíso perdido, entre muchos otros clásicos. Con los años, ya en la universidad, su profesora de Literaturas Clásicas, Rosario Casas Dupuy, le explicó que Cátedra no siempre ofrecía las mejores traducciones, y decidió vender buena parte de esos libros. Aun así, conserva algunos ejemplares con especial cariño, como una edición bilingüe de las Fábulas, de La Fontaine.

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Fernando, por su parte, sitúa el comienzo de su biblioteca personal en su juventud, cuando se asentó en Roma junto a su padre, el periodista Alberto Zalamea: “En la ciudad eterna, inicié compras fervorosas de autores fundamentales para mí, como Kafka, Broch y Musil”. Desde entonces, su biblioteca no dejó de crecer, y, con ella, también cambiaron sus formas de organizarla: “Ha habido momentos distintos. Hace una veintena de años había adoptado el sistema de la Biblioteca Warburg, clasificando por orden cronológico y acercando distintos temas dependiendo del contexto histórico. Luego, cuando la biblioteca fue creciendo […], volví a la clasificación usual por especialidades, pues, en caso contrario, era muy difícil encontrar un libro dentro de esa masa”.

“En la ciudad eterna, inicié compras fervorosas de autores fundamentales para mí, como Kafka, Broch y Musil”, recuerda Fernando.

Emilio organiza su biblioteca en secciones y, dentro de ellas, por editoriales, un aprendizaje heredado de su etapa como librero en NADA. Aunque ha pensado reorganizarla por autores, todavía lo frenan “la pereza de hacer tanto desorden” y dudas prácticas como qué hacer con los libros sin autor. Y su biblioteca responde, sobre todo, a obsesiones personales: hay secciones dedicadas a la nieve, el hielo, las nubes, las piedras, las casas, el fantasma o los caracteres tipográficos, además de poesía, narrativa y crítica literaria. También tiene una canasta en la pared para los fanzines. “A modo de broma, solíamos decir en NADA que mi casita era la sede de Cedritos de la librería”, recuerda con risa.

Hay secciones dedicadas a la nieve, el hielo, las nubes, las piedras, las casas, el fantasma o los caracteres tipográficos, además de poesía, narrativa y crítica literaria. También tiene una canasta en la pared para los fanzines.

Aun así, lamenta no contar con un verdadero sistema de catalogación: “Es muy triste, pues ya me pasó el otro día que terminé comprando un ejemplar de un libro-revista sin recordar que ya lo tenía”. Por eso, dice: “Es bueno tener un sistema de recuperación, así sea un simple Excel en Google Drive”.

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¿Cuáles son sus autores fundamentales?

Fernando responde con una constelación de nombres que atraviesa la literatura, la filosofía, la crítica, la historia y las matemáticas. En literatura, menciona a Broch, Lowry, Melville, Thomas Wolfe y Onetti; en pensamiento, a Novalis, Valéry, Peirce, Florenski y Simone Weil; en crítica, a Warburg, Benjamin, Auerbach, Bajtín y Ángel Rama; en historia, a Bloch, Febvre, Gramsci, Ginzburg y Corbin, y en matemáticas, a Galois, Riemann, Poincaré, Gödel y Grothendieck. Sin embargo, advierte que esos nombres “no son sino pequeños arañazos, en medio de una fascinación por una multitud de autores”.

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Fernando Zalamea con Ángel Rama en París. Créditos: cortesía de Fernando Zalamea y BADAC.

Emilio, por su parte, construye una biblioteca afectiva atravesada, sobre todo, por la poesía. Allí aparecen Amado Nervo, Rainer Maria Rilke, Yorgos Seferis, Idea Vilariño, Emily Dickinson, Rosalía de Castro, Alfonsina Storni, Ida Vitale y Novalis, entre otros. En narrativa destaca a Honoré de Balzac, Stefan Zweig y Gabriel García Márquez. También guarda un espacio en su corazón para los aforismos de Joubert, la narrativa visual de Pep Carrió, la filosofía de Georges Didi-Huberman y la teoría del doble de Clément Rosset.

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La formación del criterio: sobre decidir qué (y qué no) leer

Fernando es sencillo y contundente al escoger su siguiente lectura: “Fácil, leo lo de ayer. No estoy muy al tanto de lo que sucede en el presente. Intento cubrir los miles de huecos de lecturas posibles desde el siglo XIX hasta mediados del XX”. Emilio, en cambio, elige sus lecturas a partir de “una combinación furtiva de afinidades poéticas, gusto por la cubierta, algo de conocimiento previo y disponibilidad de mi tiempo”.

Fernando es sencillo y contundente al escoger su siguiente lectura: “Fácil, leo lo de ayer. No estoy muy al tanto de lo que sucede en el presente. Intento cubrir los miles de huecos de lecturas posibles desde el siglo XIX hasta mediados del XX”.

Aunque estudió Literatura, asegura no compartir “el afán de leerlo y conocerlo todo” de los literatos. Su tiempo —dice— es limitado, y eso implica aceptar que habrá libros que nunca leerá: “Ya estoy en paz con ese hecho. Si Borges dijo: ‘La Biblioteca existe ab aeterno’, yo ciertamente le contesto: ‘Pero yo no’”. Por eso tampoco le preocupa desentenderse de ciertos consensos literarios: “No me importa si alguien se escandaliza porque yo no quiera leer a bobalicones como Salman Rushdie, o si no me emociona la idea de entregarle mi vida a entender Ulises, de James Joyce”. También es categórico en algo: “En mi biblioteca no encontrarás ni tarots ni libros de autoayuda. Me parecen cosas feas”.

Esa misma selectividad atraviesa su mirada sobre la edición independiente en Colombia. Emilio cree que en ella “coexisten dos dimensiones”: por un lado, “una endogamia avasallante que solo quiere publicar nombres algo conocidos de los círculos de amigos y ciertas ‘roscas’”; por otro lado, una apertura hacia nuevos mercados y autores internacionales que sí rescata. Sin embargo, más allá de “la jerarquía a veces odiosa” que percibe en ella, prefiere mirar hacia sus proyectos más pequeños: por ejemplo, la recuperación de relatos de Alaska que hace Hambre Libros, o el trabajo histórico que hizo Himpar con Débora, de Tomás de Michelena. “¡Faltan muchas voces nuevas o viejas que se han olvidado!”, advierte.

Esa misma selectividad atraviesa su mirada sobre la edición independiente en Colombia. Emilio cree que en ella “coexisten dos dimensiones”: por un lado, “una endogamia avasallante que solo quiere publicar nombres algo conocidos de los círculos de amigos y ciertas ‘roscas’”; por otro lado, una apertura hacia nuevos mercados y autores internacionales que sí rescata.

Por último, cuando le pregunté si un lector debe tener conocimientos básicos de las editoriales a la hora de decidir qué leer, respondió afirmativamente: “Las editoriales son, si se quiere, el puente que une a los autores —navegantes, viajeros, marinos en un océano vasto— con la costa que es nuestra biblioteca: si uno no sabe a qué puente mirar, definitivamente no va a poder recibir al viajero como se debe. Uno no puede ser Penélope para cualquier partida o cantidad de Odiseos; hay que ser selectivos y formar criterio con base en ese conocimiento editorial”.

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Sobre los libros digitales

Respecto de los libros digitales, Fernando afirma: “Son útiles para búsquedas, detestables, en cambio, para leerlos”. Y Emilio lo complementa: “Aunque reconozco su valor y sé que facilitan la comodidad de muchos, yo solo los uso cuando participo en investigaciones o proyectos institucionales, pues facilitan la búsqueda de términos y demás. Pero ni compro ni consumo libros digitales. No es lo mío”.

De compras: sus librerías favoritas y el origen de sus libros

Emilio asegura no estar “casado con ningún lugar” para comprar: todo depende del deseo y la ocasión. Para autopublicación y zines, suele ir a NADA; para libros de viejo, a librerías como Feria del Libro o Quevedo, y, a veces, encuentra rarezas en lugares improbables. También menciona con cariño a Santo & Seña y, fuera de Colombia, a Eterna Cadencia, en Buenos Aires; The Last Bookstore, en Los Ángeles, y Livraria da Travessa, en Lisboa.

Fernando, por su parte, guarda un afecto especial por The Strand Bookstore, en Nueva York, y Gibert, en París; mientras que, en Bogotá, considera a Lerner “un remanso de inteligencia”, y a Merlín, “una cueva de sorpresas”. Hoy, además, la mitad de su biblioteca personal (5000 libros) circula en la librería Zalamea Hermanos, proyecto familiar fundado junto a su hermana Patricia Zalamea y concebido como una extensión de una tradición de lectores, escritores, editores y coleccionistas que atraviesa varias generaciones de la familia. No es casualidad: entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, los Zalamea ya habían impulsado negocios familiares como una ferretería y una imprenta, también llamada Zalamea Hermanos —recordada, entre otras cosas, por haber importado la primera imprenta a vapor del país—. Integrada al espacio cultural La Otra Casa, la librería funciona hoy como sala de lectura, café y biblioteca abierta al público.

Como los intereses de Emilio suelen ser “algo excéntricos”, reconoce que a menudo debe recurrir a Buscalibre para encontrar ediciones difíciles de conseguir en Colombia. Esa búsqueda, además, se enfrenta a una dificultad cada vez más evidente: “Los libros se han encarecido mucho en los últimos años”. Él lamenta que incluso muchas editoriales independientes publiquen hoy libros que superan los 100 000 pesos, y que los importados sean cada vez más inaccesibles para un lector habitual: “El aumento es notorio, y, la verdad, creo que llegará el día en que esto haga insostenible la supervivencia de muchas librerías; lo triste es que los clientes suelen pensar que son ellas quienes dictaminan esos precios”.

La FILBo: entre la nostalgia y el desencanto

La relación de Emilio con la FILBo ha cambiado con los años. Recuerda con entusiasmo las visitas de la infancia y la adolescencia, cuando llegaba con ahorros, regalos de su abuela o dinero de becas para recorrer los pabellones y descubrir libros difíciles de encontrar en Bogotá. Allí compró, por ejemplo, su edición de la RAE del Quijote, la Ortografía de la RAE y el manual de estilo de El País “a precios de ganga”. En ese entonces, cuando sus e-commerce no estaban tan desarrollados, la Feria era una oportunidad para acercarse a librerías y editoriales de otras ciudades o países.

Hoy, sin embargo, mira el evento con bastante escepticismo. Cree que se ha convertido, en parte, en “un encuentro bastante esnob de pseudocelebridades del mundillo de la literatura”, y lamenta la pérdida de los “verdaderos precios de feria”, así como cierta superficialidad en la presencia de los países invitados. Sobre la India, por ejemplo, se pregunta: “¿Es verdaderamente el yoga lo más importante que nos ha dado […] y no su vasta tradición literaria?”. También recuerda con pena cuando Colombia se autoinvitó al evento.

Emilio cree que la FILBo se ha convertido, en parte, en “un encuentro bastante esnob de pseudocelebridades del mundillo de la literatura". Asimismo, "¿es verdaderamente el yoga lo más importante que nos ha dado la India y no su vasta tradición literaria?", se pregunta.

Aun así, matiza su crítica. Reconoce que la FILBo sigue siendo un espacio importante para la vida cultural de la ciudad y para muchos jóvenes lectores: “¿Quién soy yo para decirle a un niño […] que visita la Feria, que es un espacio inútil?”, admite. Pese a todo, sigue viendo allí un lugar capaz de ampliar los horizontes de lectura y de recordar que “el libro está vivo”.

A lo largo de este especial, recorrimos los distintos pasos del libro: la escritura, la ilustración, la edición, la impresión, la librería y, finalmente, la lectura. Pero esta última entrega permite entender algo esencial: todos esos oficios, esfuerzos y afectos desembocan en el encuentro íntimo entre un lector y un libro.

La FILBo ya terminó este 2026 y, como vimos, las discusiones en torno al mundo editorial siguen y seguirán abiertas. Más allá de las ferias, las novedades y las polémicas del sector, la vida de los libros continúa silenciosamente en bibliotecas personales, librerías de barrio, cafés, mesas de noche, estanterías improvisadas y en nuestra imaginación. Allí sobreviven las obsesiones, los descubrimientos, las relecturas y las conversaciones que terminan por darle sentido al medio del libro.

Por eso, la invitación final de este especial es sencilla: siga leyendo. Y quizá la próxima vez que termine un libro, deténgase un momento en la página legal o en el colofón. Allí aparecen, silenciosamente, muchos de los actores que hicieron posible ese objeto que ahora tiene entre las manos. Al final, somos los lectores quienes terminamos devolviéndole vida a ese ciclo de actores y pasos que no cesa.

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