
“Dios no es: Él va siendo”: Hugo Mujica
‘Del crear y lo creado’, del poeta argentino Hugo Mujica, es el primero de tres volúmenes en los que la editorial Vaso Roto piensa reunir su obra completa hasta la fecha.
Por: Sergio Alzate
De Hugo Mujica se dicen muchas cosas, tantas que de repetirse una y otra vez han adquirido la textura del cliché: que de joven se dejó encandilar por el atractivo de la contracultura, hasta el punto de peregrinar a Nueva York en la década del sesenta para ser hippie; que allí, en Estados Unidos, participó en estudios en los que se experimentaba con el cerebro bajo los efectos del LSD; que en el entretanto fue pintor impresionista de cuadros melancólicos y vagamente abstractos; que luego fue monje e hizo un voto de silencio que duró siete años; que después, tras vivir todas esas vidas, encontró a Dios y se ordenó sacerdote, para luego, finalmente, convertirse en uno de los poetas más respetados de Argentina y de la lengua hispana.
Esos datos biográficos suyos se dicen una y otra vez, casi hasta el hartazgo. Y si bien son ciertos, dejan atrás la belleza de las cosas simples. Esas mismas en las que él encuentra refugio y a las que ha dedicado su vida.
Por ejemplo, que en su escritorio tiene una reproducción de un cuadro de Giorgio Morandi para recordar siempre cómo le gustaría escribir: con la impávida ternura de quien transforma lo cotidiano en sagrado.
Puede que prefiriera ser conocido como ese hombre que en Houston, Texas, lloró en la Capilla Rothko frente a una obra del artista letón. Lloró largamente, temblando de arriba abajo, hasta que una mujer le ofreció agua para calmar el ahogo que la belleza había ocasionado en su garganta.
O tal vez en su biografía habría espacio para contar que lo importante de su voto de su silencio no fue la ausencia de palabras, la rareza de la boca que renuncia al sonido, sino los paisajes que las estaciones (primavera, verano, otoño e invierno) iban dibujando en el bosque en el que quedaba su monasterio y que él recorría con la vista fija en los árboles, en las flores, en los malabares de un cielo que jamás era el mismo.
También puede ser más diciente que, cuando sonríe, lo hace sin vergüenza a ser pueril: los ojos le brillan, arruga la nariz, se encoge de hombros y te mira como si hubiera hecho una travesura, como si fuera un niño y no un hombre de ochenta y tres años que en 2025 recibió eI Premio Loewe de Poesía por Las hojas, la brisa y la luz danza las sombras; como un infante travieso y no como ese poeta mayúsculo que le ha escrito versos al cuerpo, a la divinidad, a la vida y a la naturaleza desde hace cuatro décadas, reuniendo sus escritos en una antología reciente cuyo título es Del crear y lo creado.
Ese es Hugo Mujica: un poeta que ha vivido muchas vidas, que ha tenido miles de dioses como lunas ha visto su firmamento, un enamorado de la belleza, un amante de la pintura, un niño grande que espera vivir mil vidas más. CAMBIO habló con él.
CAMBIO: ¿Cómo fue seleccionar las obras que hacen parte de la más reciente antología de sus obras? ¿Cómo decidió qué pedazos de su obra dejar por fuera?
Hugo Mujica: Es una liberación dejar de identificarse con algunas obras que uno escribió. Me horrorizaría una antología completa de mis obras. Me gusta poder elegir. Sin embargo, soy consciente de que no soy más que otro lector de mi obra y, como todo lector, tengo una opinión sobre ella. No tengo el monopolio de lo que otros opinen. Yo solo puedo elegir lo que a mí me gusta. Por eso, hay poemas que si bien ya no me representan, no regreso a ellos para modificarlos. No les cambiaría ni una letra, porque para otros siguen siendo su presente así para mí sean ya mi pasado.
CAMBIO: En sus poemas están muy presentes las imágenes relacionadas con la carne, las llagas, las heridas, ¿qué le atrae de la corporalidad a la hora de escribir?
H. M.: Mi obra, según un libro que leí, en su primera etapa sí está muy llena de ese tipo de alusiones. Luego, en el medio, está una exploración sobre la niñez y sobre aquellos que matan al niño interno. Finalmente, en esta etapa de mi vida, según el libro que leí, lo que prima es la naturaleza y no tanto el yo. ¿Qué pasó ahí? ¿Por qué estos cambios? Yo no sé. Quizá es que al inicio lo que me atraía era lo existencial en mí; ahora, tal vez, lo que me atrae es lo existencial de la vida.
CAMBIO: El título que acompaña a esta antología es Del crear y lo creado. ¿Qué es para usted el acto de crear?
H. M.: A mí lo que me interesa en la vida es la creatividad. Yo fui pintor por treinta y pico de años, y ahora soy escritor. Mi droga es cuando algo que no estaba surge tras una chispa creativa y aparece. Algo que me remite a mi propia existencia: yo no estaba, hubo una chispa y aparecí. Me gusta eso, el nacimiento de las cosas. El instante en que son porque son y aún no se les ha dado utilidad alguna. Eso es la creatividad para mí.
CAMBIO: ¿Qué relación se crea con las palabras luego de un voto de silencio?
H. M.: Lo curioso es que yo escribo más que desde el silencio es desde la música. La literatura no es lo primero que encuentro en la vida. Cuando hice ese voto yo vivía en un monasterio que quedaba en un bosque cerca de Boston. Cuando nevaba, los árboles se enscrispaban de hielo y las noches se reflejaban en sus ramas congeladas. Eso era lo fundamental para mí: ser testigo de esa belleza. En esos momentos descubrí que el silencio era algo estético. Probablemente lo más refinado que puede haber en la vida.
CAMBIO: ¿Para usted qué es la belleza?
H. M.: Una conmoción. Yo conocí la belleza en Nueva York, cuando me iba a hacer unas sandalias porque eran obligatorias para los hippies. Yo entré a un local y no había nadie. Sin embargo, allí estaba sonando una cantata de Bach y yo fui atravesado por ese sonido. Recuerdo que pensé “yo quiero vivir para esto”. Y eso es lo que he hecho todos estos años: vivir para la belleza.

CAMBIO: ¿Cómo encontrar el refinamiento del silencio y de la belleza en este mundo actual tan caótico, ruidoso e hiperconectado?
H. M.: El mundo siempre ha sido caótico, pero sobre todo actualmente. ¿Qué queda? La belleza. Yo vivo una vida bastante protegida: no trabajo, lo cual me permite seleccionar los horarios de mi vida, los cuales intento llenar mucho más con música que con ruido. Sin embargo, el silencio existe incluso en medio del caos. Hemos objetivado el silencio y ese es el problema, hasta volverlo algo utilitario. El silencio siempre está. O, por lo menos, yo estoy impregnado de él. Vivimos en épocas de simulaciones silenciosas: bares que ofrecen experiencias sin celulares o retiros para desconectar. El silencio no depende de si estás conectado al mundo o no.
CAMBIO: Usted ha sido hippie, monje, sacerdote, pintor, poeta… En toda esta trayectoria, ¿Dios ha sido siempre lo mismo o ha cambiado a lo largo de su vida?
H. M.: Nunca es lo mismo, porque Dios no es: Él va siendo. Yo soy lo que le está pasando a Dios en mí. Y Dios es lo que te está pasando en ti. Yo digo en un poema: “cada vida da luz a Dios”. Además, cuando usamos esa palabra (Dios) suponemos que todos entendemos lo mismo. Y no es así.
CAMBIO: ¿Y en estos momentos cómo está siendo Dios en usted?
H. M.: En mí está siendo una apuesta por la vida. En mi poesía yo hago una diferenciación primordial: una cosa es vivir y otra es estar naciendo. Lo primero es ir por la vida; lo segundo, vivir desde esa chispa de creatividad que deriva en belleza.
CAMBIO: ¿Qué opina de ese interés desmedido que hay porque usted haya sido hippie, monje, sacerdote? ¿Le molesta o le da igual?
H. M.: Hay un libreto que se va moviendo y, hasta no hace mucho, me molestaba muchísimo. Yo quería que se encargaran de mis libros y no de mi vida. Hasta que un día hablando con un amigo me preguntó cómo estaba y yo le respondí que estaba escribiendo un libro; entonces, él y me contrapregunta: “no, no, ¿cómo estás vos?” Ahí pensé: “uy, qué loco, claro, yo no soy mi libro, sino quien se va escribiendo a sí mismo”. Ahí empecé a apreciar el que me preguntaran por mi vida, porque eso es preguntar por mi literatura también.
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