Cadáveres exquisitos
Las redes sociales y la velocidad de la información han creado una suerte de vértigo ante las noticias de la muerte de las celebridades. Poco a poco, ha surgido una necesidad de escribir sobre los seres que han sido determinantes en nuestras vidas. Pero esta pulsión expresiva ha derivado en la tendencia a sucumbir frente al desconcierto. Pareciera que la guadaña está más activa que antes. Y, por supuesto, no es así. El verdadero temor es el de encontrar que, en la muerte de cantantes, actores, escritores, políticos o deportistas de cualquier generación se están dando campanazos que anuncian los pasos de nuestro propio sepelio. “Están cayendo las bombas cerca”, bromeaba el (desaparecido) director de cine chileno Raúl Ruiz cuando le llegaba la noticia de la muerte de algún conocido. En las líneas que siguen, algunos ejemplos de las bombas más recientes.
Por: Sandro Romero

Por Sandro Romero Rey
Tengo un tío que me envía con certera regularidad las noticias de los muertos de la temporada. En promedio, una vez por semana: murió Sidney Poitier, murió Monica Vitti, murió Freddy Rincón. Yo he tratado de explicarle que por favor no siga, que no quiero cursos de necrofilia en un país en el que el reporte de muertos se ha convertido en el síntoma de una enfermedad social, en apariencia, sin solución inmediata. Mi tío lo entiende, pero no le importa. Él es puntual con su reporte: se murió Vangelis, se murió James Caan, se murió Darío Gómez. Yo me he resignado y, como tantas veces sucede con lo inevitable, la única medicina posible que encuentro es la del humor. Tengo varios ejemplos que me ayudan a sopesar la ausencia de los que se van para siempre. El escritor Fernando Vallejo tiene un cuaderno en el que anota, desde hace años (primero en su apartamento mexicano, ahora en su casa de Medellín) todos los que se han muerto y que él ha conocido al menos una vez en su vida. Lo cuento porque él lo ha narrado, con su ferocidad desopilante, en dos de sus novelas. El cuaderno se llama, creo, “El libro de los muertos”, como el texto sagrado del antiguo Egipto, como la colección de versos del poeta barranquillero Jaime Manrique. Cada cual hace su listado y, en el fondo termina escribiendo una suerte de autobiografía. Los que se van nos recuerdan los momentos en los que estuvieron con nosotros y cómo dichos momentos han desaparecido para siempre. Una pavorosa resignación nos indica que la vida ya no puede echarse para atrás.
En mi muro de Facebook, por ejemplo, me siento tentado a escribir sobre lo que veo, leo o vivo y que me impacta positivamente (nunca escribo mal de nadie: para qué. De eso se encargan los otros). Pero cada vez más aparecen los fantasmas, los que se van de súbito, que han sido determinantes por alguna razón y resulta imperdonable no dedicarles al menos media hora de la existencia. Es una suerte de tímido agradecimiento. Incluso a Olivia Newton-John, incluso a Marciano Cantero. Los músicos, así no hayan formado parte de la discoteca de tu existencia, tienen la virtud de haberse colado por la puerta de atrás de tus recuerdos y ellos han estado allí, con su Xanadu o su Sumar tiempo no es sumar amor y nos dejan suspendida la nostalgia para siempre. Esa nostalgia que los jóvenes no soportan porque no la viven y que los creadores no aceptan porque les impide avanzar. Pero existe, qué le vamos a hacer. Así que en nuestros muros espirituales consignamos una canción, una foto, un pequeño texto, un acróstico de adolescente, una lágrima que no entendemos sino las víctimas del recuerdo.

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