
James Rodríguez y su último baile en la Selección Colombia: ¿embajador de marcas o crack mundialista?
James Rodríguez en la Selección Colombia. Créditos: Colprensa
El anuncio de James Rodríguez como nuevo jugador del Minnesota United F.C., quizá el club de más bajo nivel en su carrera, le da la posibilidad y la responsabilidad al 10 de llegar a su último mundial en su mejor estado de forma.
La marca de apuestas más grande en el país lo tiene como fichaje estelar e inunda todos los espacios comerciales con su carita de niño bueno que además juega espectacularmente al fútbol. Lo mismo hizo la cerveza que, desde siempre y por siempre, ha patrocinado a la Selección Colombia. Si lo que quiere James Rodríguez es dinero, más dinero, hoy puede dar por sentado que, al menos hasta que el Mundial termine, su marca registrada seguirá siendo un chorro de contratos, activaciones y dólares.
En contraste con la certeza comercial del futbolista-empresario, si pensamos en clave de fútbol, emergen las dudas de siempre. Desde que terminó la última temporada con León de México y el club anunció el fin del vínculo con el zurdo, nuestro 10 quedó, otra vez, en el limbo. ¿Le daba el nivel para volver a Europa? ¿Volvería a Brasil a resarcir su mediocre paso por Sao Paulo? ¿Vendría a Colombia para sacar de la depresión crónica a Millonarios? ¿Enloquecería Argentina al firmar con uno de sus equipos clasificados a Copa Libertadores?
Nada de eso: hoy el Minnesota United dejó todas estas preguntas abiertas cuando anunció su fichaje como jugador de la Western Conference de la MLS. Muy distinta a las presentaciones excitadas y grandilocuentes con las que lo recibieron en el Rayo Vallecano, Sao Paulo y León de México –sus tres últimos clubes–, la llegada a la Major League Soccer se anunció como lo que es: mera transacción y pragmatismo.
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